Domingo 26 de Febrero, 16:06 hs
POR EDUARDO VAN DER KOOY | Clarín

La sigilosa mano de Máximo

El Gobierno y la oposición ayudaron a profundizar lo que al país le sobra en el mundo: la desconfianza.

Medir la realidad sólo a través de la derrota que sufrió el Gobierno en Diputados por el proyecto del impuesto a las Ganancias que impuso el arco opositor implicaría minimizar quizás el verdadero significado de lo ocurrido. Quedaron en evidencia tres cosas: la inoperancia política oficial para maniobrar el tema; el jaque a su estrategia con los gobernadores peronistas; el desprejuicio y la improvisación de los líderes opositores en su afán por cerrar el año con un triunfo sonoro. A lo mejor transitorio.

El espectáculo montado por unos y otros atentó –y atenta– contra el crédito que menos abunda en la Argentina: el de la confianza. Una moneda escasa en el plano doméstico. Inexistente a nivel internacional. ¿Qué podría pensarse de Mauricio Macri que en el amanecer de su gestión paseó del brazo con Sergio Massa en el Foro de Davos y ahora lo califica de impostor? ¿Qué podría pensarse del diputado del Frente Renovador que en la desesperada búsqueda de una marquesina terminó abrazado al kirchnerismo?

Se trata, hoy por hoy, de los máximos dirigentes del país. La tercera es Cristina Fernández dedicada a recorrer Comodoro Py por las causas de corrupción. El restante es Daniel Scioli, enredado en denuncias por la utilización de fondos públicos para satisfacer gustos privados. Entre ellos, costosos viajes en avión.

 

Si ese panorama no cambia alguna vez de manera radical, la declamación de la dirigencia política sobre la atracción que provoca la Argentina a los inversores extranjeros quedaría circunscripta a un fraude. Lo era incluso, en parte, antes de estos acontecimientos. Suponer que lloverían dólares sólo por el retroceso kirchnerista implicaba desconocer la historia de destrucción de confianza en el mundo que gobiernos civiles y sangrientas dictaduras se ocuparon de realizar por lo menos durante los últimos 60 años. Fue comprensible aquel optimismo de la dirigencia únicamente desde la perspectiva de la campaña electoral.

Entre tantas negociaciones esperpénticas de los últimos días hubo un detalle simbólico que engrosó la desconfianza. Los diputados de la oposición desairaron a Macri cuando resolvieron reponer las retenciones a la minería para intentar financiar el agujero fiscal del nuevo proyecto del impuesto a las Ganancias. Primera lección que debería asimilar el Presidente en su vínculo con los mandatarios del PJ: esa medida la adoptó para contentar, sobre todo, a Sergio Uñac, de San Juan, y Lucía Corpacci, de Catamarca. Ambos –salvo un legislador cuyano– le dieron la espalda en Diputados. ¿Quién establece las reglas de juego en el país?, podría ser el interrogante válido de los inversores. ¿Cómo se cambia una norma dos veces en apenas 10 meses? Vale la referencia al sentido simbólico: las inversiones tampoco aparecieron hasta ahora, aunque la minería exhibe un repunte muy leve de la tasa de empleo.

Otra cosa debería apuntar el macrismo. Si la situación se terminó encaminando de este modo al final del primer año, ¿qué podría esperarle el próximo, sustancialmente electoral? ¿Con qué herramientas logrará reanimar una economía parada? ¿Cómo continuará después del voto, aún cuando le vaya bien? Esa hipótesis no modificará la base de la relación de fuerzas en el Congreso.

Resulta poco entendible por qué razón el Gobierno habilitó las sesiones extraordinarias del Congreso para tratar el proyecto de impuesto a las Ganancias si no quería o no poseía margen de negociación con los opositores. Con su puñado de diputados estaba condenado al fracaso. En este punto, como siempre, las versiones se cruzan. El massismo adujo la intransigencia del macrismo. Estos responsabilizan al Frente Renovador por una angurria insostenible para el nivel de déficit fiscal presente. Algunos que estuvieron en la cima de las negociaciones admitieron algo: tanto el macrismo como el massismo sólo se ocuparon de revolear cifras. Pruebas: los cálculos oficiales de Alfonso Prat-Gay, ministro de Hacienda, y de Alberto Abad, encargado de la AFIP, nunca coincidieron. La propuesta opositora, en la cual talló Axel Kicillof, delineó un enjambre de nuevos tributos para amortiguar el déficit cuya viabilidad –según los especialistas– resultaría muy vidriosa. Hace demasiados años que la lógica económica argentina transita la misma perversidad: se rastrean siempre soluciones impositivas con nuevos impuestos.

Aquella desorientación macrista fue olfateada por la oposición. Hace pocos días muchos se extrañaron cuando el titular de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, ensalzó el trabajo de varios peronistas. También de los kichneristas Máximo Kirchner y Kicillof. El hijo de Cristina estaba bien atento: de su iniciativa y su teléfono nació el acercamiento con Massa. Habló con uno de los diputados del Frente Renovador. La trama posterior fue urdida por Kicillof y Marco Lavagna. Desde el propio macrismo reconocieron una cuestión: el economista, hijo de Roberto Lavagna, pareció el único dispuesto a eludir la improvisación. Claro, estaba casi en soledad. Aquel nexo generó algún estremecimiento entre los renovadores y espanto en partidos aliados que votaron en contra del Gobierno. El GEN se sumó pero Margarita Stolbizer no asistió a la sesión. Es un constante desafío que mantiene angustiada a la diputada. Nunca termina de descubrir los límites de Massa en su objetivo de caminar hacia la victoria.

Macri está profundamente inquieto por el volumen del déficit fiscal. De allí la conversación que Monzó sostuvo con Miguel Angel Pichetto. El jefe del bloque de senadores del FpV ha pasado a ser el interlocutor más fiable del oficialismo. Desplazó a Massa. Pero el rionegrino tampoco es un mago. Y es peronista. Habrá que observar la suerte que tiene entre los senadores el proyecto de impuesto a las Ganancias que aprobó Diputados. El macrismo sigue apostando a la influencia de los gobernadores para que sufra modificaciones. Se trata a esta altura de una apuesta visiblemente incierta.

El Gobierno se habría quedado sin espacio para negociaciones audaces después de la ley de Emergencia Social que le puede insumir hasta $ 30 mil millones en tres años en beneficio de los movimientos sociales. En ese caso fue también víctima de un juego de pinzas que arrancó en el Senado con el FpV y luego fue respaldado por el massismo. Cambiemos se sumó disfrazándolo de un presunto éxito. Supuso garantizarse un diciembre en paz. Pero durante la última semana cundió el desánimo. Incontable cantidad de organizaciones piqueteras colapsaron varias veces la Ciudad. El poder no tuvo reflejos ni respuesta. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, se ampara en los límites que le establecería el Protocolo Antipiquetes. No podría intervenir por encima de la autoridad policial local. El jefe porteño, Horacio Rodríguez Larreta, se enmascara con las capas de asfalto que se vuelcan en las calles de la Capital.

Tal inacción tampoco representaría un convite para los inversores y empresarios que podrían arriesgar algo de su capital. Macri navega en aguas de ambivalencia: reclama a aquellos hombres que tomen riesgo pero no actúa; exhibe a la Argentina como una nación dispuesta a abrirse al mundo y a convertirse en previsible. Pero nunca termina de apagar algunos focos que echan fuego.

Al contrario, el caso de la detención de la piquetera Milagro Sala continúa escalando. A nivel internacional se computa: un pedido de liberación de la ONU, otro de Humans Rights, una réplica del Comité de Descolonización, una declaración del titular de la OEA, Luis Almagro y un pronunciamiento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Todas esa piezas también forman parte del mundo al que se dirige el Presidente, aunque disguste.

El conflicto presenta dos planos. Semejante ofensiva de la diplomacia internacional desnudaría, por lo menos, bastante flojedad del gobierno macrista. Todo no podría ser adjudicado a confabulaciones de influyentes K. ¿No se logró ninguna acción eficaz para explicar lo que acontece con Sala? El gobernador radical Gerardo Morales libra en Jujuy una verdadera batalla contra un virtual Estado paralelo provincial –violento– que regenteaba la piquetera bajo el paraguas protector del kirchnerismo. Ese sistema perdura y provoca sacudones.

El titular del PJ, José Luis Gioja, ordenó la intervención partidaria en ese distrito. Se lo comunicó al vicegobernador y titular del PJ, Carlos Haquim. Ese dirigente declaró que Gioja le dijo que había "que desgastar y golpear a Morales”. Porque es un aliado clave de Macri en la región. La semana pasada se sucedieron motines carcelarios en Jujuy luego de la muerte de un detenido. Era el sobrino de un ex jefe de la barra brava de Gimnasia y Esgrima de Jujuy, Alberto Cardozo, también preso, ligado a Sala a través de la Red de Organizaciones Sociales que dirigió mientras estuvo en libertad.

Los episodios de violencia se irradiaron a otros establecimientos. Con rebelión de internos, huelgas de hambres y manifestaciones de los familiares. El cuadro adquirió una virulencia tal que la Policía jujeña pidió que cuanto antes Sala sea trasladada al Servicio Penitenciario Federal. Podría caer en el penal de Ezeiza.

Sería un paliativo para descomprimir la tensión. Aunque la búsqueda de una solución forzaría al Gobierno a recurrir a fórmulas políticas imaginativas y consistentes.

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