Martes 21 de Noviembre, 10:56 hs
OPINIÓN | POR EDUARDO VAN DER KOOY

Cuando Kicillof lo salvó a Macri

Cuando Kicillof lo salvó a Macri
Mauricio Macri no ha perdido todavía la magia de la varita. Pero, al cabo de su primer año en el poder, empieza a depender más de ese fenómeno ocultista que del sistema que diseñó para convertir a su Gobierno en una herramienta de gestión eficaz. Cuando sus debilidades quedan expuestas, parecen de inmediato compensadas por la irrupción de los adefesios del pasado y las fisuras que se abren en el arco de la oposición.

El macrismo trasuntó una pobre estrategia para el debate sobre el impuesto a las Ganancias. Se puso a tiro de una severa derrota cuando los opositores unidos le dieron media sanción en Diputados a la modificación de las escalas. En ese momento emergió el hecho providencial. Casi salvador. El gran protagonista fue Axel Kicillof. El último ministro de Economía que tuvo Cristina Fernández. Durante el par de años que ejerció como tal (2013-15) se encargó de descalificar a cada mortal –político o no– que formulaba un planteo sobre las distorsiones de aquel tributo en relación a los salarios.

A ese pergamino inoportuno el joven economista añadió un grueso error con el cual enlodó al colectivo opositor que creyó en él. Pifió en $ 40 mil millones el cálculo sobre el costo fiscal que tendría para el Estado la nueva imposición. Algunos sectores de la oposición pretendieron esfumarse de la faz de la tierra cuando se enteraron del equívoco. ¿Cómo explicar para el GEN, de Margarita Stolbizer, el socialismo o el propio Frente Renovador el acompañamiento a un proyecto tan mal confeccionado? La figura de Kicillof atada a su dislate constituía un costo demasiado denso de levantar para todos ellos.

Sergio Massa se dio cuenta con rapidez. Pero Emilio Monzó, el titular de la Cámara de Diputados, también. Graciela Camaño, la mujer fuerte del FR, llamó por teléfono al macrista para pedirle que introdujera la enmienda al error antes de girar el proyecto al Senado. Monzó sabía el artefacto político que tenía entre manos. Fue cordial aunque intransigente. Se aferró al reglamento : "Para hacerlo necesito una carta firmada por el miembro informante”, contestó. Ese miembro había sido Kicillof. La misiva llegó. Con ella, el macrismo consiguió no sólo un escudo protector: también la manera de recuperar una iniciativa que había perdido.

Aquella falla de Kicillof había sido anticipada por la impericia del Gobierno. El proyecto oficial enviado para las sesiones extraordinarias tuvo el ritmo de tortuga en el Poder Ejecutivo, que le permitió a la oposición arrinconarlo. Primero, amenazando –cuando el macrismo estaba huérfano– con una sesión especial. Luego, con el infortunado proyecto que consiguió media sanción. La lentitud del poder no fue casual. Tuvo explicaciones y dejó resentimientos. Los trazos iniciales habían sido dados por Alfonso Prat-Gay. Pero en el largo trayecto sufrió modificaciones. Sobre todo cuando atravesó las oficinas de los ministros coordinadores, Gustavo Lopetegui y Mario Quintana. Un diputado macrista llamó al ministro de Hacienda y Finanzas para preguntarle algunos detalles del texto oficial. Prat- Gay le habría contestado, lacónico: "Ese ya no es mi proyecto”.

Mientras eso sucedía Macri envió hacia el interior del Gobierno una señal fuerte. Sostuvo que negociar con aquellos ministros coordinadores o, en especial, con Marcos Peña significaba hacerlo con él mismo. Quizás por esa razón durante las horas cruciales –cuando el oficialismo intentaba en el Congreso desbaratar la jugada opositora–, Prat-Gay resolvió no postergar un viaje de trabajo que tenía agendado en Bogotá.

El efecto Kicillof terminó haciendo otra carambola favorable para el Gobierno. Por la media sanción del impuesto a las Ganancias en Diputados pareció entrar en crisis el organigrama que Rogelio Frigerio diseñó durante el primer año con los gobernadores, en especial los peronistas. La inmensa mayoría de los diputados del PJ se habían alineado con el proyecto opositor. Al ministro del Interior la crisis lo sorprendió en China, rastreando inversiones que demoran en llegar. Mientras ensayaba desde Oriente una reparación del tablero, trascendió la novedad del ex ministro de Cristina que escandalizó a los mandatarios pejotistas.

Ese giro resultó clave por varias razones. Ahuyentó el fantasma más temido: que aquella homogeneidad en Diputados hubiera reflejado el principio de la unidad peronista en el tránsito hacia las elecciones del año que viene. Profundizó además las divisiones en el principal partido opositor. Habría más quiebres en el FpV en Diputados. Se agiganta el fuego en el Senado. Representaría un límite, por otra parte, para el temido adversario del macrismo en Buenos Aires: a Massa le viene costando la seducción con los mandatarios provinciales; a lo mejor le cuesta más luego de este paso en falso. Varios pejotistas apuntaron lo mismo: el líder del FR habría priorizado su hipotético mazazo político contra Macri al cuidado de las raídas finanzas provinciales.

El Presidente logró, gracias a aquel error de Kicillof, recomponer un cuadro que amagaba desmadrarse. Tampoco tiene por delante un vergel. Se dedicó a la búsqueda de un consenso como le reclamó la oposición. Pero no podrá descuidar dos frentes simultáneos y sensibles. Primero en la casa propia: sobre Federico Pinedo y Gabriela Miche-tti, la vicepresidenta, recaen reproches por haber facilitado la aprobación de la moción de preferencia para que el miércoles próximo se debata en el Senado el impuesto a las Ganancias. A la oposición le alcanzará con mayoría simple para sancionar cualquier proyecto. Haya o no haya acuerdo global. Aquellas autoridades macristas fundamentaron su permeabilidad.

Aquí radica el otro dilema para Macri. Cualquier obstáculo habría dejado quizás en posición vulnerable a Miguel Angel Pichetto. El jefe de los senadores del FPV es el interlocutor fiable que ahora posee el Gobierno. Massa va y viene. Aquel bloque tiembla todos los días. Al menos diez senadores que responden directa o indirectamente a La Cámpora lo tendrían apuntado. Nadie duda que detrás está la sombra de Cristina. Pero la ex presidenta se ve a veces obligada a hocicar. Mandó a una senadora, María Ester Labado, a boicotear el proyecto de Diputados. Alicía Kirchner ordenó a su ministro de Economía rechazar el mismo texto. Santa Cruz está asfixiada pese a los $ 1.634 millones de anticipo que le giraron por coparticipación.

Macri tiene otra limitación para enderezar el rumbo. Abrió la ronda de consultas porque no tuvo otro remedio. También, para mejorar la imagen ajada que dejó después de calificar con dureza inédita a Massa. No lo había ayudado la ocasión: el Gobierno celebra su primer año con una publicidad que machaca con el slogan "juntos podemos”, para salir de la crisis.

El verdadero corsé que sujetaría al Presidente está en la economía. En el gasto público y el déficit fiscal. No querría apartarse en lo posible del costo de los $ 41 mil millones del proyecto oficial que el jefe de la AFIP, Alberto Abad, expuso en el Senado para contraponerlo con los $ 140 mil millones del último cálculo que realizó Kicillof.

La intransigencia, sin embargo, podría acarrear un problema. Sería a lo mejor un espacio común convocante para una oposición que asoma fragmentada. Convulsionaría a un sindicalismo –sobre todo la CGT– que viene esquivando motivos de confrontación. "Sólo vamos a salir del embrollo con otro poco de plata”, se escucha comentar en los pasillos de Cambiemos. Esa lógica flotó en la primera negociación con los cegetistas.

El Presidente y el macrismo empiezan a preocuparse en serio porque el año nuevo está por despuntar y los síntomas de la economía continúan siendo negativos. Se acumuló en un año un déficit fiscal por encima del recibido como desquiciada herencia. De seguir en esa línea también caerían dudas sobre la lucha contra la inflación, apenas suavemente declinante.

Macri no desea sumar otros pleitos a los que inevitablemente tiene para afrontar la temporada electoral. "¿Estarán cerrados el año que viene algunos de los juicios contra Sala (Milagro)?”, se le escuchó preguntar. Nadie le pudo ofrecer garantía porque recién arrancó el primero, que data de cuando Gerardo Morales era senador y no gobernador como ahora, por un escrache que le propinó la piquetera.

En ese tema también se descubre improvisación. La diplomacia jamás anticipó ni uno de los cinco pronunciamientos de organismos internacionales que reclaman la libertad de la líder de Tupac Amaru. Ahora se sabe que el embajador en la OEA, Juan José Arcuri, votó en contra del presupuesto anual que presentó el titular del organismo, Luis Almagro. Otro motivo que impulsó al uruguayo a vociferar por Sala.

Tampoco en el plano local encajan las piezas. Macri y Morales repiten que la cuestión no es política. Que sólo está involucrado el Poder Judicial de aquella provincia. Pero un legislador del massismo propuso la realización de un plebiscito para definir si la piquetera continúa presa o sale en libertad. La plana principal del radicalismo realizó el viernes un acto en respaldo al gobernador. Morales conserva un alto respaldo popular. ¿Hacía falta esa demostración? La OEA, la ONU y la CIDH acopian cada uno de esos datos. El Gobierno debe prepararse para nuevas declaraciones críticas.

Macri viene conversando del conflicto con Peña. Le pidió a Susana Malcorra acciones en el exterior para que la presión ceda. Calibra los costos que está pagando afuera y los que pagaría internamente si Sala fuera dejada en libertad mientras continúan sus juicios. Ningún desenlace resultará un regalo.
 
Fuente: Clarín
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