Martes 21 de Noviembre, 23:02 hs
Opinión por JOAQUÍN MORALES SOLÁ | La Nación

Impulsan el ingreso de peronistas en Cambiemos

a recuperación de la economía es la condición previa para cualquiera de las muchas estrategias en danza.

Cuando miran el año electoral, entre las distintas familias del oficialismo hay unanimidad sobre una certeza. Sólo sobre una. La recuperación de la economía es la condición previa para cualquiera de las muchas estrategias en danza. Prat-Gay se fue. Ningún indicador económico se alteró por eso. Mauricio Macri cree que, de la misma manera o mejor aún, las promesas de crecimiento de la economía se cumplirán sin Prat-Gay. Más le vale que sea así. A partir de esa certidumbre, el bloque oficialista se divide en tres grandes sectores para encarar las elecciones de mitad de mandato, cuya primera prueba se hará dentro de ocho meses con las primarias obligatorias.

Semanas atrás, hubo un momento en que el macrismo se estremeció. Fue cuando Emilio Monzó, arquitecto de alianzas con peronistas en la provincia de Buenos Aires y eficiente presidente de la Cámara de Diputados, vociferó que Cambiemos debía acercarse a dirigentes peronistas o perdería las elecciones. El oficialismo no está acostumbrado a esas peleas en el escenario. Es un espacio en el que los adversarios son amables entre sí, se saludan correctamente y disienten con buenos modales. Hasta que uno gana y otro pierde. Sucedió cuando Marcos Peña tuvo la deliciosa oportunidad de pedirle la renuncia (por orden de Macri) a Prat-Gay, quien le había hecho sentir varias veces al jefe de Gabinete que él estaba sólo a la altura del Presidente. Fue el error político que terminó con la vida de Prat-Gay como ministro.

A Monzó lo criticaron más por la forma cómo dijo sus cosas, que por las cosas que dijo. Lo criticaron, en rigor, por haber dado nombres concretos de peronistas (Omar Perotti y Florencio Randazzo, este último de imposible cercanía con el macrismo) en lugar de haber explicado sólo la estrategia. En la estrategia no está solo. Muchos dirigentes del oficialismo que no vienen de Pro (o que han llegado a Pro después de la fundación del partido) comparten con Monzó la idea de una ampliación de Cambiemos hacia el peronismo. Todos reconocen que hay otra condición para ese eventual plan: no destruir el Cambiemos que se conoce y que llevó a Macri a la presidencia. Esa sensible línea entre lo que existe y lo que podría existir se discutirá intensamente en las próximas semanas dentro del oficialismo. La estrategia definitiva deberá estrenarse en marzo.

Hay una frase que el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, suele repetir en público en los últimos tiempos: "No somos antiperonistas". Es una aclaración que él no necesita hacer porque viene del peronismo. Pero la aclaración es oportuna para explicar al Gobierno ante eventuales aliados peronistas. En los planes del oficialismo (o de un sector de él) figuran como posibles aliados para las próximas elecciones gobernadores peronistas como el salteño Juan Manuel Urtebey, el cordobés Juan Schiaretti, la fueguina Rosana Bertone, el chubutense Mario Das Neves y el rionegrino Alberto Weretilneck.

Los incipientes diálogos que ya existen podrían avanzar sólo si la economía les diera a esos peronistas la convicción de un triunfo oficialista. Urtubey, por ejemplo, que tiene un claro proyecto presidencial, no quiere correr el riesgo de una derrota en su provincia en las legislativas de este año. Una ruptura definitiva de Schiaretti con su viejo aliado José Manuel de la Sota, jefe político del peronismo cordobés, sólo se justificaría si debiera optar entre la ruina o la gloria. La lista no se agota en gobernadores; abarca también a intendentes peronistas de muchas ciudades importantes del país. En el fondo, hay un efecto espejo con el peronismo frente al mismo temor: la derrota. Un eventual fracaso electoral de Macri podría dañar seriamente su mandato y su destino.

En una línea intermedia está una parte importante del radicalismo, que cree que el peronismo no tiene remedio. "Nos usarán ahora para ganar y nos traicionarán después", repiten. Aceptan las incorporaciones de algunos peronistas (como intendentes valiosos del Gran Buenos Aires), pero no mucho más. La teoría de ellos sostiene que Cambiemos ya se probó con suerte como frente electoral y como frente parlamentario, pero debe probarse todavía como frente político, es decir, tener continuidad en el tiempo y una conducción orgánica. Dicen que Ernesto Sanz suele explicarle este plan a Macri en sus diálogos a solas.

Esa estrategia persigue la recreación de un sistema bipartidista, aunque con dos coaliciones, no con dos partidos. Por un lado, la coalición no peronista, que expresaría Cambiemos, y, por el otro, la coalición de hecho que existe entre las distintas franjas del peronismo. "Debemos ir en busca no de dirigentes peronistas, sino del voto peronista. Y eso se hace con las políticas del gobierno", argumentan. Dan los ejemplos de Gerardo Morales en Jujuy y de José Cano en Tucumán, porque pudieron podar de votos al peronismo, pero los dos -y esto también es cierto- tienen como aliados a peronistas locales. Por eso, tal vez, ni Morales ni Cano son reacios al acercamiento con peronistas.

Macristas abiertos al peronismo y radicales renuentes reclaman que el Presidente se coloque como el líder de todas las corrientes internas. "Él ya es presidente; ahora debe ser el jefe de todos", dicen. El reclamo esconde el temor de que Macri se haya encerrado demasiado en el círculo más estrecho de Pro, donde sólo caben las ideas de Jaime Durán Barba. Un síntoma pudo ser la salida de Prat-Gay; otro podría ser el trato a Martín Lousteau. Cuando éste aceptó fijar domicilio en Washington le dijeron que en adelante jugaría dentro de Cambiemos. Ahora le avisaron que podrá jugar en la Capital, pero fuera de Cambiemos. Hay quienes aseguran que están cuidando la reelección de Rodríguez Larreta en 2019. Pero Lousteau existe y existirá, ahora y en 2019, fuera o dentro de Cambiemos. Pueden perder el presente por jugar al futuro.

Un caso parecido es el de Elisa Carrió. Ella ya dijo públicamente que sólo será candidata por la provincia de Buenos Aires, si es candidata. Carrió dice una verdad cuando asegura que su relación con Macri es personal y buena. El Presidente nunca habla de Carrió, ni siquiera ante su grupo más íntimo. Tiene un cuidado especial con ella, porque la reconoce como fundadora de la coalición gobernante. De todos modos, Carrió tendría que recibir un ofrecimiento antes de marzo, porque en ese mes debería empadronarse en la provincia.

El Presidente aceptó que nunca podrá modificar la posición de Carrió en sus críticas al presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, que provocan la furia de éste. Funcionarios judiciales le hicieron saber al Gobierno que es mejor tenerlo a Lorenzetti ocupado en sus trifulcas con Carrió antes que desocupado. El Gobierno disiente de Carrió sólo cuando percibe que una renuncia de Lorenzetti a la presidencia de la Corte podría poner en ese decisivo lugar institucional a Horacio Rosatti, uno de los nuevos jueces del tribunal. El Gobierno prefiere a Lorenzetti mientras se va cocinando a fuego lento el liderazgo jurídico e institucional de Carlos Ronsenkrantz, el otro juez nuevo, para reemplazar en algún momento al actual titular de la Corte.

Desde el 11 de diciembre de 2015, el día después del acceso al poder, el núcleo duro del macrismo trabaja para que Sergio Massa no gane las elecciones bonaerenses de este año. A partir de ese proyecto común, se abren las distintas corrientes internas. Más peronismo, menos peronismo, más Pro. El debate de estos días explica por qué aquel grito de Monzó tuvo una categoría política más grande que la travesura.
Comentarios