Lunes 23 de Octubre, 10:27 hs
Osvaldo Aiziczon
OPINIÓN

Los dos se quieren: ella se quiere, el se quiere

No te pierdas la columna de nuestro psicólogo Osvaldo Aiziczon.

Esa tragedia, sucedida cuando Narciso se enamora de sí mismo al ver reflejada su imagen en el lago y muere ahogado al querer besar sus propios labios, muestra que la pasión por uno mismo no es poca cosa.Ni tampoco la del lago, parece, que se resiste a ser chupado por extraños.Así como en los brindis no debe faltar el afecto reiterado entre los presentes, los narcisistas desean ver reventada cualquier forma de competencia de otros surgida de una comparación automática. Al no haber conquista sin derrota, surge regocijo al vivir el triunfo como ratificación eterna de poder. Placer que siente cuando se ve más que mirado, admirado. Una gloria imposible de compartir donde el otro desaparece como tal convirtiéndose en sombra.

Estos "personal training”, de la angustia,suelen tener a su alrededor personalidades sumisas y dependientes. Convencidas,quizás, de que del lado del sol algún calorcito llega. La adoración a sí mismo subvierte algún mandamiento porque obliga a amar al narcisista aún más que el narcisista a si mismo. Un conocido narcisista tucumano se ponía contento al ver lo contento que se ponía alguien por verlo a él. En política suele observarse que no tienen amigos, sólo seguidores. Huérfanos de padres –aunque los tengan- no admiten comentarios que turben sus certezas. Pero más turbados o menos turbados pueden sucederles terremotos personales donde se comprueba que el vacío, al decir de los economistas, no es sustentable. Llenos de vacíos, tratan de sostener una importancia a través de manipulaciones inteligentes que hicieron decir a Nietzche que lo peor no es la mentira sino las convicciones.

La posibilidad de algún cambio en su personalidad hizo confesar al desolado Freud, rico en recursos y luchador incansable, que el narcisismo era la pared imposible de escalar. En la cultura argentina el show exhibe la fuerza del impacto: se puede estar solo pero no indiferente. Se participa mucho pero se comparte poco. Y volviendo a Narciso, de quién somos parte, justificarlo por desconocer en aquéllos tiempos lo terrible que son los espejos.

 

OSVALDO AIZICZON

Setiembre de 2017

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