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Científicos tucumanos hallaron en las hojas de frutilla la base de un gran avance tecnológico

Las plantas no tienen, como los animales, un sistema inmune, pero generan respuestas biológicas de defensa
domingo, 24 de mayo de 2020 · 12:28

En condiciones controladas (como las que tienen un laboratorio de primera línea), esta entrevista se habría realizado, seguramente, en la sede del Instituto de Tecnología Agroindustrial del Noroeste Argentino (Itanoa), dependiente del Conicet y de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (Eeaoc). Pero en nuestro país, en medio de la pandemia, urge controlar otras condiciones -las de la salud de todos-, y eso modifica muchas cosas; los modos de trabajo, por ejemplo: todos desde casa, los entrevistados siendo padres full time al mismo tiempo.

Por eso, la buena nueva -música para los oídos, porque es ciencia local que llega al mundo- tiene forma de un canon: cada uno contó/cantó su parte por teléfono en el momento oportuno para que la historia se ensamblara. La historia, construida durante 24 años, de un logro biotecnológico que soluciona problemas agroindustriales: controla plagas de cultivos, les permite a estos defenderse (una suerte de “inmunidad vegetal”) y los hace más productivos... por ahora; porque cada nueva prueba halla más virtudes. La base del logro (que ya tiene patente internacional a nombre de la Eeaoc y del Conicet) es -digamos- una “limonada light (sin azúcar agregado) de hojas de frutillas”.

Pero el trío (intergeneracional, para más méritos) que llevó la voz cantante de esta obra, la agrónoma Paula Filippone, el bioquímico Carlos Grellet y la biotecnóloga Pía di Peto, lo explica “en serio”. Y lo hace justo para celebrar que la revista Scientific Report, de la prestigiosa editorial de Nature, aceptó, con felicitaciones, publicar el paper, que acaba de ser desembargado, es decir, puede hacerse público.

“Yo era becaria del INTA. Atilio Castagnaro, que es ‘el abuelo’ en este equipo, acababa de repatriarse (1996), después de sus estudios en España, y había asumido, con Juan Carlos Díaz Ricci, el desafío de descubrir por qué los cultivos de frutillas sufrían severas pérdidas, cercanas al 50%. Me propusieron sumarme y empecé a trabajar con ellos en el Insibio, en la Facultad de Bioquímica. Me cambió la vida para siempre”, cuenta Paula.

Vayamos aclarando: además del “abuelo”, Castagnaro es, desde el año pasado, director del Conicet local. Y Díaz Ricci, micriobiólogo y director del Instituto Superior de Investigaciones Biológicas, ese Insibio que la recibió. Del equipo formaba parte también la agrónoma Alicia Mamaní de Marchese, que fue quien dirigió a Paula.

“Estaba acostumbrada a las botas, al campo... No sabía lo que era un paper -agrega Paula-. En esa época había poca investigación sobre frutilla que, la verdad, nos hizo padecer”. Probaron de todo -contó Atilio alguna vez- y eso incluyó, con éxito, un extracto de hojas de frutilla. Pero fue largo el proceso.

Las plantas no tienen, como los animales, un sistema inmune, pero generan respuestas biológicas de defensa. El asunto era saber qué elemento del extracto surtía efecto, y así fue que en 2013 Carlos se incorporó al equipo (y ahora, al concierto). “Se sabía que el extracto crudo tenía propiedades muy buenas; ‘fumigábamos’ con el ‘juguito’ y las plantas no sólo quedaban protegidas sino que además aumentaban el rendimiento -relata-. Mi trabajo fue hallar con qué se generaba el efecto: encontrar las moléculas actuantes, purificarlas y determinar su estructura química”. Es un factor clave: para patentar y proteger el hallazgo -y luego poder lanzarlo al mercado- es clave la molécula: no se puede patentar “un juguito”.

“Buscamos durante años -cuenta Paula, que dirigía a Carlos-; empezamos suponiendo que era una proteína, porque se conocen sus capacidades antimicrobianas; pero las pruebas nos daban resultados tan raros que nos agarrábamos la cabeza. Al final, logramos aislar varias moléculas; y caracterizar tres. Pero sabemos que aún queda mucho por descubrir”. “Pedimos ayuda en varios laboratorios; descartamos con ellos varias posibilidades... Por fin, unos ensayos mostraron, por de pronto, que en la molécula había azúcar; pero también algo más -recuerda Carlos-. Entonces recurrimos a Alicia Couto, del Departamento de Química de la UBA y referente argentina en azúcares, y su equipo encontró la respuesta”.

Notición: es una molécula mixta, “combo” de azúcar y grasa (llamado técnicamente glucolípido). La bautizaron GAG. Y agrega Atilio, feliz como buen “abuelo”: “fue increíble: es la primera vez que se encuentra este tipo de molécula en la naturaleza”.

Funcionaba y sabían por qué. Había que lograr que fuera, además, sano y barato... Para eso, y para optimizar el proceso, se sumó Pía, dirigida por Paula, Carlos y Alicia. “Hay distintas maneras de hacer un extracto -explica Pía-, pero necesitábamos un método poco costoso y no tóxico. El resultado (además del extracto) fue mi tesis doctoral, que logró el primer lugar en la Categoría Tesis de Posgrado de los premios Biovalor, de la Secretaría de Agroindustria de la Nación”.

El extracto deseado, por fin, se resolvió con la limonada light; dicho en científico: un macerado en agua con limón de las hojas secas y molidas, que luego se precipita utilizando etanol. “Lo interesante -resalta Pía- es que hemos comprobado que las mejores hojas son las últimas, luego de la cosecha; así que aprovechamos material de descarte”.

“Lo probamos en invernadero en soja y en citrus; constatamos que estimula crecimiento y defensas de las plantas, y tiene actividad antimicrobiana contra bacterias y hongos, como Penicillium digitatum y Geotrichum citri aurantii, que ocasionan importantes enfermedades de poscosecha en cítricos”, agrega.

Es un dato crucial: son cada vez más estrictas las exigencias de importación de la Unión Europea sobre la cantidad de químicos presentes en los alimentos. “Los limoneros andan como locos buscando productos de este tipo”, comenta, entusiasmada, Paula.

“Descubrimos también que las diferentes actividades del extracto dependen de su concentración -agrega Carlos-. Si es baja, mata microorganismos; en concentración media, actúa elevando las defensas de las plantas, y la alta estimula la productividad. Esa información es clave para las decisiones de manejo de campos”.

Se entusiasman; en plena cuarentena, y con plantines en casa, siguen probando. Y los tres tienen claro que, aunque hayan pasado 24 años, esto recién empieza. /La Gaceta

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